10 octubre 2016

La utopía de un Mundo sin fronteras

Las fronteras son la materialización de nuestros miedos. La forma que toma el mundo es la de nuestra propia manera de existir, un reflejo de lo que somos como microcosmos. En esa separación intentamos un proceso de individuación que nos haga más perfectos que lo otro de lo que pretendemos separarnos, lo aparentemente menos reconocible, lo más distante a nuestro propio ser.

Sin embargo, a poco que observemos, nos daremos cuenta que esa extraña realidad, en el fondo es tan solo lo que constituye nuestra sombra, nuestro daimon, lo más denostado y por ello más temido.

Sabemos que la mejor manera de identificar a nuestro componente oscuro es observar lo que más llegamos a odiar en los otros. Es una prueba inequívoca de que eso nos perturba de tal manera que somos incapaces de reconocerlo en nosotros mismos, pero desata una brusca reacción si lo contemplamos en nuestro exterior.

La utopía de un mundo sin fronteras parece irrealizable porque tampoco la deseamos. Nuestro miedo a lo diferente se antepone ante una idea que nos gustaría adoptar. La mera acción política como transformadora de la sociedad no es suficiente ya que ignora la fractalidad del universo. Cada vez más exigimos en nuestros políticos una coherencia entre su forma de vida y su modelo de sociedad porque es la mínima garantía para su credibilidad. Ese reconocimiento de la profunda concatenación o correlación de realidades entre lo que somos y lo que nos rodea es una de las características del método masónico, que preconiza que sólo cambiándonos a nosotros podemos cambiar nuestro entorno.

Desde el principio de las sociedades se desarrolló una polaridad dialéctica entre las tendencias diferenciadoras y las igualitarias. En las primeras se mantiene una situación de privilegio de una élite a costa del sojuzgamiento de otra parte de la población. Esto constituye una importante frontera funcional y es en la que más recursos se invierte para mantenerla, aunque no siempre aparece del todo evidente. Conceptualmente ello va en contra de leyes físicas de la termodinámica, más alineadas con las corrientes igualitarias. 

Parece que, si un sistema político es capaz de mantenerse estable y pacífico, con el tiempo se tiende a una ósmosis en su estructuración social. Solamente empleando fuertes barreras con enorme uso de energía o podemos llamarlo recursos, se consiguen mantener las ficticias separaciones que los grupos de poder intentan establecer. Quizás eso explique el poco interés que tienen en entornos pacíficos más allá del ambiente aislado en el que intentan mantenerse.

En el primer mundo donde vivimos intentamos creer en valores que consideramos civilizados, que constituyen logros de la evolución de nuestra sociedad como los sistemas políticos democráticos, las legislaciones respetuosas con los derechos humanos..., pero lo que situamos al otro lado de nuestras fronteras es nuestro menos favorecedor espejo. La barbarie lejana es la que mantenemos con la hipocresía de nuestros gobiernos que trafican con armas y vidas humanas a cambio del dinero que les proporcionará una vida pretendidamente alejada de esa violencia. Ese tráfico que todos criticamos y que pretendemos ignorar cuando, integrado en nuestro sistema financiero, nos permite gozar de las ilusorias prebendas de nuestra situación geopolítica.

De esta forma cultivamos la presencia de nuestros peores enemigos internos: la avaricia que nos lleva a menospreciar la vida de los otros por mejorar las condiciones de la nuestra, la ignorancia que nos hace creer que eso es manejable en un mundo globalizado y el fanatismo que nos permite pensar que sólo nosotros estamos justificados en nuestros actos para mantener esa distancia ilusoria del resto de la humanidad.

La abominable cara de los humanos al otro lado de nuestras fronteras solo es sostenible con el uso de pervertidos sistemas de comunicación, al igual que nos engañamos a nosotros mismos con nuestros daimons personales, justificando nuestros actos egoístas provenientes de nuestro instinto de supervivencia con elaboradas teorías sobre nuestro papel en el mundo.

Pero esas ilusiones son desbaratadas con persistencia por la realidad que hace tambalear nuestras convicciones cuando en un descuido o por una revelación, percibimos la conexión que tenemos con nuestros semejantes y el resto del universo.

Nuestras fronteras no son seguras, nunca pueden serlo, es imposible esa separación durante un largo periodo de tiempo. Pocos países han conservado su nombre y su territorio intacto durante siglos. Incluso Egipto que quizás haya sido de los más estables estuvo sujeto a numerosos reajustes y cambios en sus poblaciones.

Las fronteras son un artificio que tiene un elevado coste mantener, su desmesura suele ser un relejo del nivel de miedo que se sitúa en el lado de los constructores de las mismas, también de su inconsciente sentimiento de culpa.

Sin embargo, la vida, exige compartimentos. Pero a diferencia de los lindes fabricados por la inteligencia humana, las separaciones biológicas se realizan buscando una funcionalidad. Para que esta exista puede que sea necesario un gradiente de los elementos a uno y otro lado, pero la permeabilidad, simultáneamente, es necesaria. Ayuda a mejorar la eficacia en los procesos.

Si nos fijamos en la diferenciación de los sistemas biológicos complejos, vemos que éstas, aun entrañando separaciones, no significan aislamientos. En realidad, esa especialización es realizada en aras de aunar el funcionamiento de todos los elementos para constituir un organismo más fuerte y con más posibilidades de sobrevivir durante más tiempo que sus elementos aislados.

Del mismo modo serían adecuadas algún tipo de unidades administrativas en el conjunto de las sociedades. Un gobierno mundial no sería deseable ni operativo, aunque organismos de coordinación a ese nivel brindarían más oportunidades de corrección de problemas. La cooperación de distintos estamentos produce una suma sinérgica de recursos que propician el acometimiento de proyectos impensables en niveles más restringidos.

Nuestro nivel de conocimiento actual no nos permite asegurar que conozcamos el tipo de organismo al que realmente pertenecemos. El concepto de Gaia empieza a resultarnos familiar, pero ignoramos si resulta demasiado restringido. No sabemos la naturaleza de otras posibles interrelaciones con otros sistemas en galaxias o mundos lejanos.

Con el tiempo puede que nuestras sociedades tengan un desarrollo parecido y que consigamos aprender que lo que nos separa es lo que nos une, lo que forja un destino común trascedente por encima de nuestras individualidades.


CRISOL

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