21 mayo 2016

La tolerancia en la plena Modernidad

John Locke
 Por Eduardo Montagut 

Continuamos la labor emprendida en el artículo anterior sobre la tolerancia en el tránsito a la modernidad con otra aportación en la que nos centraremos en dos figuras fundamentales, Locke y Voltaire.

Concebir la tolerancia como respeto a la libertad de conciencia es un hecho capital en la Historia. En este sentido, es fundamental la figura de Locke que en 1689 publicó su Carta de la Tolerancia. En esta obra aparece el concepto de contrato entre los ciudadanos y el Estado,
fundamento legitimador del poder y en el plano civil, no en el religioso. Tanto el Estado como las Iglesias serían instituciones o entidades de libre asociación. La tolerancia civil era la premisa fundamental para el respeto de todas las creencias, de la libertad de conciencia. Así pues, la ortodoxia dejaba paso a la tolerancia y, además, se planteaba claramente la separación de la Iglesia y el Estado. Era factible la diversidad de creencias y siempre en plano de igualdad. En consecuencia, no se toleraría a quien no permitiese esa libertad. Ese fue el argumento que empleó el autor para no tolerar a los católicos porque eran considerados dogmáticos e intolerantes. Pero tampoco toleraba a los ateos porque prescindir de Dios tenía un carácter disolvente, sumamente peligroso. Estos dos casos, a pesar de la lógica del razonamiento, mostraban que la tolerancia defendida presentaba algunos límites evidentes. Pero esta obra es, sin lugar a dudas, fundamental para entender los sistemas liberales y democráticos futuros.

Posteriormente, Voltaire publicó el Tratado sobre la Tolerancia (1763) donde explicaba que la convivencia pacífica que generaría la tolerancia religiosa constituía un factor fundamental para el progreso general de la comunidad. La Razón se opone a la violencia y al fanatismo, una cuestión que preocupó intensamente al ilustrado francés. Precisamente, esta obra se escribe a raíz de la ejecución en 1762 del protestante Jean Calas, acusado injustamente del asesinato de su hijo que se había convertido al catolicismo.

La tolerancia para Voltaire trascendía lo puramente religioso, y debía existir en todos los terrenos, en los ámbitos político y social y, por supuesto, en el cultural o intelectual. Pero la tolerancia no podía existir con la religión católica. Era necesaria una nueva religión que se sustentase en la fraternidad y en un Dios de todos y para todos, cuyo culto sería el ejercicio de la virtud. Pero Voltaire también combatía a los ateos porque no tendrían principios morales, y eso era sumamente peligroso socialmente. Estas ideas convirtieron a Voltaire en un claro enemigo de la Iglesia Católica a la que consideraba un factor de intensa intolerancia, y ésta combatió al ilustrado con especial inquina a partir de entonces.

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