31 mayo 2016

A vueltas con el origen del racismo

 Por Eduardo Montagut 

Nuestro colaborador Eduardo Montagut deja, pero no mucho, sus artículos sobre la tolerancia por el racismo.

A vueltas con el origen del racismo
Uno de los alimentos ideológicos del racismo en nuestra civilización parte de una línea de pensamiento que tiene en Gobineau y Chamberlain dos de sus principales protagonistas. Intentemos analizar sus ideas.
El escritor francés J.A. de Gobineau publicó en 1853 Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas, obra donde se recogían gran parte de sus ideas. Para el autor el desarrollo tenía que ver con la raza. Aquellos pueblos que mantenían su pureza racial serían superiores. La raza superior por antonomasia era la germana, que habitaba no sólo en Alemania, sino también en el norte de Francia, los Países Bajos, Bélgica y el Reino Unido. Era una “raza pura”, que procedía de los arios, frente a las “razas mestizas” del sur europeo, mezcladas por su Historia vinculada al Mediterráneo. Por debajo estarían las “razas amarilla y negra”.

Pero la teoría de Gobineau encontró su máximo desarrollo gracias al escritor británico H.S. Chamberlain, autor que influyó muchísimo más en Alemania que en su país natal, gracias a que era suegro de Wagner, que se convirtió en uno de sus más fieles seguidores. Su principal obra, Los fundamentos del siglo XX (1899) fue publicada en alemán. Chamberlain realizó una interpretación interesada de la teoría de Darwin para definir una doctrina sobre la existencia de una raza de amos que habrían desarrollado sus cualidades en un proceso de selección natural. Esa raza de amos tendría una misión específica que cumplir. Había que conservar pura la sangre germánica fuera de elementos extraños e impuros, como los que procedían del judaísmo, pero también del catolicismo.

Estas ideas influyeron claramente en el cambio de la política exterior de Alemania en tiempos del káiser Guillermo II, cuando se abandonó la diplomacia bismarckiana por la welpolitik, que no era otra cosa que actuar de forma agresiva porque Alemania tendría, efectivamente, una misión que cumplir en el mundo por su potencia económica, cultural y política. Aunque es innegable que las teorías raciales calaron con fuerza en el seno de la burguesía alemana, ávida de encontrar nuevas metas una vez que se había completado el proceso de unificación, bien es cierto que también tuvieron éxito en otras potencias imperialistas, especialmente en la creencia de que la raza blanca era superior al resto de las razas del mundo.

Estas ideas terminarían influyendo en movimientos y partidos políticos del siglo XX con las graves consecuencias que todos conocemos, y que parece que no dejan nunca de reproducirse.

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