26 abril 2016

Reflexiones sobre la tolerancia a propósito del Edicto de Nantes

 Por Eduardo Montagut 

El Edicto de Nantes puede ser considerado, en principio, como un hecho capital en la historia de la tolerancia religiosa en Europa. 


Frente a la intolerancia que la Contrarreforma impulsó, la situación de Francia, restaurado el orden con la entronización de Enrique IV, el primer rey Borbón, obligó a adoptar una postura distinta, aunque fuera contra la corriente de unos y otros en Europa. Es cierto que fue un hecho muy aislado, solamente parecido a la Carta de Majestad en Bohemia, porque muy pronto la Guerra de los Treinta Años en Europa, además de sus evidentes causas políticas, demostraría la agudización de las tensiones religiosas, pero debe insistirse que intentó poner fin a unos duros enfrentamientos entre católicos y hugonotes durante la segunda mitad del siglo XVI –las guerras de religión- que provocaron terribles derramamientos de sangre.

El Edicto de Nantes se promulgó en 1598 por parte de Enrique IV para los protestantes franceses con el propósito de asentar la paz en el reino. El texto de la ley recogía algunos aspectos que se habían establecido en edictos anteriores. Concedía a los protestantes la libertad de conciencia y la libertad para poder ejercer públicamente su culto, aunque con algunas restricciones porque solamente se permitía en dos ciudades por bailía y en las moradas de los señores que tuvieran jurisdicción.

Por otro lado, se garantizaba el acceso a los cargos públicos a los protestantes. En algunos parlamentos franceses (órganos de administración y justicia) se habilitaron dos partes para darles cabida.

El Edicto de Nantes convirtió a Francia, al menos hasta su revocación posterior por Luis XIV, en un Estado peculiar en Europa porque, aunque se proclamaba como un reino católico y la religión oficial siguiera siendo la católica, establecía la igualdad entre católicos y protestantes.

Pero el Edicto generó tensiones y resistencias en Francia. La más importante se generó cuando se concedió a los protestantes hasta 151 plazas fuertes para que pudieran defender sus derechos. Algunos parlamentarios se negaron a registrar el Edicto y muchos católicos protestaron enérgicamente ante la nueva situación, algo que compartieron con no pocos hugonotes que lo consideraban insuficiente.

Las críticas al Edicto por parte de ambos sectores nos permiten matizar la afirmación inicial sobre su importancia en la historia de la tolerancia religiosa. No parece que surgiera del deseo de un verdadero entendimiento entre católicos y hugonotes sino del objetivo de asentar el nuevo trono planteando una igualdad para evitar enfrentamientos. Este cálculo político puede también encontrarse en la mencionada Carta de Majestad de Bohemia de unos pocos años después en un reino con gravísimas tensiones.

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