13 febrero 2016

El espíritu científico: La religión de los francmasones

Lo que diferencia a la ciencia respecto de la magia o la religión, es que la ciencia opera considerando los sucesos que ocurren en la naturaleza como el resultado de fuerzas impersonales…

En las sociedades de cazadores y recolectores, el grupo era el depositario del acervo de saberes, habilidades técnicas y conocimientos, los cuales se aplicaban sin necesidad de mayor especialización (excepción hecha de la interpretación de lo desconocido y las artes curativas que siempre fueron reservadas a brujos y chamanes).

Posteriormente, con el desarrollo de las sociedades agrarias, apareció por primera vez una significativa división en el trabajo a consecuencia de la cual se produjo una especialización en los conocimientos que serían ahora depositados en los colectivos artesanales o profesionales específicos.

En un contexto de acumulación de excedentes y riquezas generadas por las nuevas formas de producción agraria, se llegó a producir la consolidación de grandes poderes políticos y sobre todo la existencia de una clase ociosa, que disponía de esclavos y riquezas suficientes como para dedicarse a las tareas de gobierno, a la guerra, a la reflexión o a la contemplación.
Es de esta forma como surgen las antiguas escuelas filosóficas y de misterios. En éstas, el conocimiento era considerado como una cuestión exclusiva de seres libres y privilegiados que amaban la sabiduría y buscaban el conocimiento por el conocimiento mismo, más allá de sus posibles aplicaciones técnicas. En estas escuelas el fruto de las especulaciones, era transmitido de forma gradual y secreta a aquellos que demostraban la capacitación suficiente, para lo cual se utilizaban símbolos, jeroglíficos y cuentos alegóricos.

Paralelamente a la existencia de estas escuelas especulativas continuaron desarrollándose los conocimientos y técnicas de aplicación concreta en la artesanía, el arte, la arquitectura, etc. que eran ejercidas por trabajadores y operativos asalariados, los cuales se organizaban en torno a los distintos gremios profesionales. Se producía de esta manera, y esto es importante, una rígida separación entre aquellos que se encontraban dedicados a indagar sobre las causas primeras y principios, es decir, los cultivadores de la sabiduría, – generalmente sacerdotes o aristócratas- y los que se ocupaban de satisfacer necesidades prácticas, es decir los cultivadores de la técnica.

Dentro de los distintos gremios de artes y ciencias antiguas, el de los constructores tuvo siempre una importancia relevante, debido a que, las grandes construcciones y monumentos, eran ya en aquellos tiempos la mejor manifestación de poder y esplendor del que podían hacer gala los gobernantes.

Pese a la clara supremacía en los conocimientos de la que hacían gala los gremios de los constructores, éstos no participaban del gobierno y eran simples asalariados de sus patrones, las castas militar y sacerdotal, lo cual influiría poderosamente en su mentalidad y en su ideología.

Es sabido como los Obreros Dionisianos aprendieron y perfeccionaron en Grecia, las artes y ciencias de la construcción transmitidas por los egipcios. Conforme al desarrollo de estos saberes, los griegos establecieron el reinado de la razón sobre las creencias y supersticiones antiguas, proclamaron ciertos principios del Estado moderno, contrarios al absolutismo y despotismo orientales, y llevaron a la práctica formas más perfectas y justas de organización política, como la república o la democracia. Todas estas experiencias políticas, científicas y sociales fueron heredadas por los Colegios y continuadas durante la civilización romana.

Durante la Edad Media, sin embargo, todas estas escuelas prácticamente desaparecieron o declinaron en el mundo cristiano, e incluso, muchas de las obras de la intelectualidad clásica desaparecieron o fueron quemadas.

No obstante, durante esta época se produjeron todavía algunos nuevos avances en el conocimiento, que más tarde contribuyeron a hacer posible un extraordinario desarrollo científico. Los trabajos de los alquimistas, los botánicos, los galenos y los metalúrgicos medievales, así como los viajes y los intercambios culturales fueron haciendo posible una paulatina acumulación de conocimientos.

Durante muchísimos años los gremios de constructores debieron envolver en un estricto secreto sus más profundos anhelos de luz y libertad, y adaptaron sus enseñanzas y símbolos tradicionales a las rígidas exigencias de aquellos que les gobernaban y contrataban: las Iglesias, los monarcas y los príncipes. Debían además, competir para su subsistencia con las distintas Ordenes de caballería, religiosas, hermandades o fraternidades místicas, que se constituyeron por aquella época con formas y quehaceres similares a las de la antigua masonería operativa, pero que, constituidas por el clero y la nobleza, se encontraban al servicio del papado romano o de los déspotas.


La profundización en el conocimiento hubo de ejercerse, en esta época, bajo la atenta mirada de una Iglesia que ponía un especial celo en velar por la estricta ortodoxia de los conocimientos, y que llegó a enviar a las hogueras de la Inquisición (calvinista) al francmasón español Miguel Servet, en 1553, librepensador que había descubierto la circulación de la sangre en el cuerpo humano; que encarceló hasta la muerte a Galileo por su teoría heliocéntrica y que mandó quemar también a Giordano Bruno, uno de los más importantes precursores de una concepción científica moderna del mundo, el cual, después de haber sido ordenado sacerdote, llegó a repudiar, por falaces, los dogmas y misterios de la Iglesia, y que muchos años más tarde inspiraría la constitución en nuestro país de las conocidas Logias Giordano Bruno, agrupaciones de francmasones cuyos fines eran afirmar y defender dentro del simbolismo, tanto en el orden profano como en el francmasónico, el libre pensamiento, el laicismo y la democracia. 

“SAPERE AUDE” EL DESARROLLO DEL CONOCIMIENTO CIENTIFICO Y LA FUNDACIÓN DE LA MASONERÍA

Como ha recordado Bertrand Russel, la ciencia como fuerza importante, comienza con Galileo, en un momento en el que el espíritu renacentista, a la voz de “atrévete a saber” había conseguido abrir una luminosa ventana en el oscuro edificio medieval, hace ahora unos trescientos años.

El método científico se distingue de las otras formas de conocimiento, en que se basa en un sistema de resolución de los problemas, independiente de nuestros deseos y voluntades, que estimula y desarrolla las dudas todo lo que puede y que progresa sobre resultados obtenidos de acuerdo con criterios que permiten que todo pueda ser sometido a prueba, repetidamente, por todos los hombres.

La ciencia tal y como la caracteriza Bunge es más verdadera que cualquier modelo no científico del mundo; porque es capaz de probar, sometiéndola a contrastación empírica, esa pretensión de verdad y porque es capaz de descubrir y corregir sus propias deficiencias.

Ramón y Cajal (.·.)
Lo que diferencia a la ciencia respecto de la magia o la religión, es que la ciencia opera considerando los sucesos que ocurren en la naturaleza como el resultado de fuerzas impersonales, mientras que la magia y la religión implican en su dinámica a determinadas fuerzas personales (dioses, espíritus, demonios, etc.). Por otro lado, la ciencia tiene establecidos procedimientos determinados para la formulación de las teorías y para su verificación fomentando el debate, la crítica y la pública discusión, mientras que esto no ocurre con la magia o la religión, basadas siempre en el dogma. Finalmente, la magia y la religión implican ciertos aspectos de ceremonial, propiciación, etc., que son completamente ajenos a la realidad de la ciencia.

La ciencia, que había tenido sus orígenes en los conocimientos técnicos y habilidades desarrolladas por los gremios de artesanos durante siglos, encontró su impulso en un ambiente social específico. La cultura renacentista, las universidades, el desarrollo del racionalismo y el empirismo y, sobre todo el contexto político que se produce en Europa, a partir del siglo XVII, en el que poco a poco se fueron derrumbando los prejuicios y las concepciones tradicionales – el hechizo mitológico en lo que al conocimiento se refiere y la mentira regia en lo político-, creándose las condiciones de libertad que alumbraron la era de la Razón.
Florencia, cuna renacentista, que había sido fundada por maniqueos perseguidos por la Iglesia, fue la ciudad que vio nacer a Leonardo da Vinci. Pablo Toscanelli, Americo Vespucio y el propio da Vinci, pertenecientes todos al Gremio de constructores y artistas florentinos, habían llegado a la conclusión de que para librarse de la tutela clerical y abrir el camino al progreso, era necesaria la fundación de una Academia donde la juventud estudiosa pudiera adquirir conocimientos superiores y luchar al mismo tiempo por un programa mínimo de carácter político, que comprendía la educación laica y la traducción de los manuscritos científicos al idioma vulgar del pueblo, como medio de arrebatar a los privilegiados, en provecho de la humanidad, el control de las Ciencias y de las Artes.

Sin embargo, debido a la oposición de los Médicis, aspirantes al trono papal, tuvo que ser en Milán, donde autorizado por Ludovico Sforza, fundara Leonardo la Academia de Arquitectura. Ésta fue el ejemplo sobre el que se fundaron posteriormente otras muchas academias, que con diferentes nombres encubrían su verdadera esencia de organización de la masonería especulativa.

Con la llegada de Leonardo a Francia, en 1517, a donde había sido invitado por Francisco I, se llegó a fundar la que algunos consideran la primera agrupación de la francmasonería francesa, al estilo de la de Milán, que adoptó por primera vez el nombre de “Logia Francmasónica” aunque públicamente actuaba como “Colegio Francés”.

El desarrollo de la mentalidad científica se produjo a partir de dos presupuestos básicos:

Por un lado, la convicción en la existencia de un orden en la realidad, en el sentido de que los fenómenos se encuentran relacionados causalmente entre sí, de acuerdo con ciertas reglas y patrones regulares, de forma que conociendo la estructura de las relaciones causales entre los fenómenos es posible llegar a predecir y prever cómo se desarrollarán acontecimientos que aún no se han producido.

Por otro lado, la convicción en que este orden, esta estructura de relaciones de causalidad, puede ser conocida y de hecho es conocida por medio de nuestros sentidos, por medio de los métodos desarrollados por las ciencias y los instrumentos de medición adecuados a tales fines.

No obstante, lo que nos interesa resaltar aquí es que, además de por una metodología, la actividad científica está inspirada por un conjunto de criterios morales generales y por unos talantes y actitudes que forman parte de un ethos concreto.

De acuerdo con Merton, el ethos de la ciencia incluye cuatro características principales:

El universalismo, es decir la aplicación de criterios impersonales, sin tener en cuenta ningún tipo de prejuicios personales, sociales, religiosos, tradicionales, etc.

El comunismo, en cuanto que todos los hallazgos de la ciencia han de considerarse como patrimonio común de la sociedad.

El desinterés, ya que los científicos deben guiarse en su investigación fundamentalmente por la vocación de conocimiento, por la curiosidad y por la preocupación altruista y no por intereses egoístas.

El escepticismo organizado, en cuanto disposición a considerar provisional cualquier juicio o hipótesis, hasta que no haya sido sometida a criterios empíricos y lógicos de verificación.

Este ethosescéptico, antidogmático, universal y filantrópico de la ciencia, constituye también la base del ideal francmasónico. Si bien es preciso señalar que, precisamente por ser antidogmático, el racionalismo francmasónico no supone una posición estrictamente materialista que niegue lo desconocido ni que se oponga a las creencias, sí rechaza tajantemente el fideísmo religioso, el fanatismo, la superstición y la ignorancia.

Recordaba Einstein que “… la inteligencia nos aclara las interrelaciones entre medios y fines”, pero que “el mero pensamiento no nos puede dar el sentido de los fines últimos y fundamentales.” Justificando con ello la base intuitiva de la razón. Este intuicionismo positivo es el único matiz que cabe hacer al racionalismo francmasónico, que debe ser diferenciado claramente de los misticismos, esoterismos y otros elementos más propios de las religiones, que con frecuencia se observan hoy en determinadas logias y Obediencias masónicas. 

Fuente:  Masoneria hoy

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