09 abril 2015

La batalla del libre pensamiento

  Por Mauricio-José Schwarz  

Un ejercicio mínimo, minoritario y geográficamente muy localizado, de la libertad de pensar, de cuestionar, de abordar la realidad con una visión rigurosa y verificable es responsable de todo el avance del conocimiento, la sociedad, la moral y el arte en los últimos 400 años, más o menos.
La desaparición de la viruela, las telecomunicaciones, la electricidad, las imágenes del Hubble, el aumento en la calidad y cantidad de nuestras vidas, la comprensión de los materiales, el conocimiento de la herencia genética, la química, la cosmología, el conocimiento del mundo de lo más pequeño, la descripción del funcionamiento de la célula, de los animales y plantas, la capacidad de volar, la medicina, la democracia, las libertades, los derechos humanos inalienables... todo lo que es resultado de la Revolución Científica y de la Ilustración es producto de la libertad de pensar y de cuestionarlo todo.

Todo.

Cuestionar a los dioses, a las supersticiones, al dogma, a los monarcas, a los sacerdotes, a las creencias, a las costumbres, a las tradiciones, a las convicciones más profundas, a la forma de adquirir conocimiento... pensar libremente respecto de esto y más ha cambiado la vida de los seres humanos de modo profundo y, se puede argumentar de modo contundente, en general para mejor.

En sólo 400 años el conocimiento de la realidad del que disponemos ha avanzado más que en toda la historia anterior de nuestra especie.
Y al mismo tiempo ha avanzado nuestra moral. Acciones que en el pasado nos parecían perfectamente naturales, como el juicio por ordalía, hoy nos parecen injustas, bárbaras e insostenibles, y en muchas sociedades creamos leyes que pretenden ser más justas que las del pasado. Vemos con rechazo prácticas que no hace mucho (y hoy todavía en muchos lugares) eran consideradas normales, como la persecución de quienes tienen una sexualidad diversa o el sometimiento de la mujer. Al menos en gran medida.

Pero esto no ha significado que todos los integrantes de nuestras sociedades, ni siquiera la mayoría, hayan practicado el libre pensamiento, el cuestionamiento, el pensamiento crítico. Han abrazado y adoptado los avances sociales, políticos, tecnológicos y científicos porque son claramente beneficiosos, pero ello no ha significado que se adopte la forma de pensar que llevó a ellos, que se abandonen dogmas, prejuicios, supersticiones y creencias irracionales viejas y nuevas. Esta "doble vida" trae consigo contradicciones profundas que nuestras sociedades y sus individuos deben resolver. El derecho a creer en religiones no implica, en algunas sociedades, el derecho a hacerle daño a otros en nombre de una religión. La creencia profesada en libros sagrados debe convivir con conocimientos que ponen en duda las palabras de esos mismos libros. El rechazo a prácticas como la vacunación debe eludir la abrumadora cantidad de evidencias que demuestra su eficacia y su inocuidad. El respeto a tradiciones como las referidas a la libertad de elección de la pareja o del matrimonio mismo, choca con frecuencia con una sociedad para la cual no están diseñadas.

El hecho mismo de que el libre pensamiento pudiera dar frutos es resultado de una historia de enfrentamientos y colisiones donde la peor parte la llevaron quienes trataban de pensar libremente, gente como Giordano Bruno o Galileo, Darwin, Oldenburg, los reformadores sociales, las mujeres que deseaban estudiar e investigar... una batalla donde la violencia generalmente la ejercieron contra sus adversarios únicamente las creencias irracionales.

Y esa batalla no ha terminado.

En la mayor parte del mundo, entre la mayoría de los más o menos 7 mil millones de seres humanos que habitan el planeta hoy, la libertad de creencias y de pensamiento no existe. La persecución religiosa existe igual en China contra los Falun Gong que en el Estado Islámico contra todos los no sunnís. Las supersticiones antiguas campan a sus anchas en África y América Latina, se redactan nuevas constituciones que le dan derechos a dioses antiguos como la Pachamama, las nuevas supersticiones se difunden aceleradamente por todo el mundo con ayuda de las redes sociales e Internet. Se crean nuevos tabús que no se diferencian en nada de los que uno puede encontrar en cualquier texto o tradición religiosa: incuestionables, intocables. Si romperlos no comporta en algunas sociedades castigos corporales es casi una excepción.

Una buena parte de las supersticiones actuales se orientan contra la ciencia, contra el conocimiento, contra precisamente la actividad humana, y sus resultados, que han mejorado la vida de quienes la rechazan. El ejemplo más acabado de la contradicción son quienes, en Internet, afirman que la ciencia sólo es una opinión que puede cambiar en cualquier momento y no es distinta de cualquier otra creencia... sin darse cuenta de que usan las ecuaciones de Maxwell y las de la física cuántica en sus máquinas, en la codificación de sus mensajes que se transmiten por fibra óptica y pueden retransmitirse por varios satélites hasta llegar a los servidores con los cuales se conectan otras personas por medios similares para recibir el mensaje: "la ciencia es sólo una opinión"... cuando la existencia misma del mensaje demuestra que no es así.

Preámbulo de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, 
documento revolucionario que dio origen a las libertades y 
derechos de los que disfrutamos algunos en una parte del planeta.
Para algunas personas, la Ilustración es un asunto de los libros de historia. Sus efectos sociales al derribar los sistemas monárquicos parecen asunto superado y hoy hay una intensa actividad en la postilustración, dedicada a derribar los sistemas surgidos después de la Revolución Francesa para alcanzar una sociedad mejor. Lo cual es sin duda una aspiración totalmente legítima. Pero esto no anula el hecho de que parte de esta posición implica el rechazo a todo el conocimiento y métodos de la razón... y sobre todo que a un lado de la desigualdad económica y social que debemos enfrentar y que exige soluciones sigue habiendo una desigualdad, un desfase profundo por el cual miles de millones de seres humanos aún no han siquiera alcanzado los ideales más básicos de la Ilustración, las libertades más elementales, los derechos más fundamentales... y en muchos casos ni siquiera están informados de estas ideas para poder juzgarlas independiente y libremente.

Para otras personas, la Ilustración es sólo asunto de la Europa y los Estados Unidos donde se desarrolló. Como si la brújula fuera asunto sólo de los chinos, el blues debiera ser exclusivo de los descendientes de esclavos en EE.UU., la pintura de Miguel Ángel no pudiera ser legítimamente disfrutada por no italianos, los números "arábigos" fueran patrimonio exclusivo de sus creadores de la India (no de los árabes que los tomaron como un avance para todos) o la poesía de Vallejo se debiera circunscribir a los peruanos. La cultura humana es universal, los avances de la sociedad y el pensamiento en un grupo no son patrimonio de ese grupo, y para creerlo uno debería tener las más terribles ideas nacionalistas excluyentes, racistas y misantrópicas. Los valores esenciales de la Ilustración tienen el mismo valor universal que toda otra obra del pensamiento y el rigor humanos. Y son el pensar libremente y el decir libremente lo que se piensa.

Cuando la libertad de pensar no está acompañada de la libertad de decir lo que se piensa, cuando las ideas quedan aisladas dentro de las estructuras nerviosas de quien las desarrolla, encarceladas en su cráneo, a efectos de la sociedad no existen. Son como un libro cuyo manuscrito se destruye sin haber tenido jamás un lector, igual que si nunca hubiera sido escrito. Las ideas que cambian la realidad son inevitablemente sociales. El flujo libre de las ideas, aún de las más peligrosas, la expresión libre de las opiniones y pensamientos, incluso los más repugnantes, es parte indispensable del proceso de resolver problemas, de diseñar opciones. La libertad individual es la condición esencial para conseguir la libertad social, política y económica.

Por ello, la Ilustración y la batalla por sus principios centrales sigue siendo, a todas luces, una batalla que estamos librando hoy, día tras día. A veces no nos damos cuenta, pero la educación, los medios de comunicación, las conversaciones mismas que tenemos virtualmente o en la realidad física, implican el enfrentamiento entre creencias y conocimientos, donde muchas veces las creencias se presentan a sí mismas como formas del conocimiento, con argumentos falaces y con sobresimplificaciones peligrosas. Son esfuerzos en favor de la Ilustración y contra el oscurantismo y todo lo que implica: sometimiento, miedo, ignorancia, opresión y resignación.

Pero también por su promesa. Si unas pocas personas ejerciendo el pensamiento libre lograron reorientar tan radicalmente toda la historia humana, queda por imaginar las enormes posibilidades que se abrirían ante nosotros si más gente, muchos más, la mayoría o la gran mayoría de los seres humanos tuvieran esa libertad de pensamiento y ese rigor que proporciona el pensamiento crítico y racional... Cualquier especulación al respecto, por conservadora que sea, es abrumadora.

Es responsabilidad de cada persona que adquiere un conocimiento el compartirlo con otros. Es responsabilidad de quien tiene soluciones ponerlas al alcance de toda su sociedad. Y por ello es responsabilidad de todos quienes están conscientes de que su vida, su bienestar y su libertad proceden de las ideas renovadoras de la Ilustración, del libre cuestionamiento y la aplicación de métodos rigurosos en el análisis y la investigación sobre los hechos, seguir luchando la batalla de la libertad de pensar. La alternativa, por supuesto, es el regreso a una barbarie que no necesitamos siquiera imaginarnos, porque nos golpea con frecuencia en las portadas de los diarios, en las publicaciones en línea, en las cabeceras de los informativos, incluso de los más tendenciosos e irracionales.

Nada de lo que se ha logrado en estos 400 años es inamovible, ni está garantizado para mañana. Su destrucción es posible, realmente posible con los medios que la irracionalidad tiene hoy a su alcance. Y estar conscientes de la fragilidad de estos logros es el primer paso para su defensa. No sólo por el conocimiento en sí por su valor intrínseco, sino por lo que hacemos, y lo que todavía podemos hacer, con ese conocimiento.

Porque lo que podemos hacer con la ignorancia y la esclavitud ya lo conocemos... y no es bueno.



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