14 noviembre 2014

Los masones portugueses

 Estrella Digital - Rui Vaz de Cunha 

Desde mi apacible heredad, en este bello otoño en la antigua Salaria, es decir, la hoy Alcácer do Sal, rodeado de olivos, alcornoques y naranjos, sigo meditando sobre el secreto en Portugal.

Me hundo en la inactualidad, lo que en estos tiempos en que todo es espectáculo, constituye un puerto de abrigo. Y me acerco a todo ese movimiento masónico, tan insertado en nuestra sociedad hasta hoy en día, a pesar de salazarismos, represiones y prejuicios. Y que es inactual sólo a medias.

Las sociedades secretas siempre proliferaron en Portugal, desde los templarios, luego Ordem de Avis, hasta los Rosacruces, caros a Fernando Pessoa. Hace un par de semanas hablaba del secreto en Portugal, que estas líneas prolongan, aunque sean secretos más propios de Polichinela que de los oscuros y a veces siniestros asuntos de Estado.

La Masonería en Portugal es no sólo muy visible como sobre todo omnipresente. No hay despacho oficial, consultorio médico de alcurnia, reputado bufete, club deportivo o congregación social, en el que un masón no pase las mejores horas de la existencia. Cuando uno abre, por ejemplo, las páginas del anuario del Colegio de Abogados descubre que los apellidos se repiten y que las sagas ilustres de nuestros prohombres del foro se corresponden con las de los grados más altos del Grande Oriente Lusitano, el GOL. Lo mismo ocurre con el escalafón militar y con el de los altos cuerpos de la Administración del Estado. Las universidades, sobre todo las de más reciente creación, siguen la misma pauta, con la excepción de nuestra querida aunque algo obsoleta e inoperante Universidad, tal vez la única que uno debería escribir con mayúsculas, que es la de Coimbra.

La masonería lusitana –que se llamaron pedreiros livres- se caracteriza por apoyar a sus hermanos a machamartillo. Esto, que podría parecer bueno, puede no serlo tanto cuando uno observa la catadura de algunos de sus miembros, envueltos una y otra vez en toda clase de escándalos de muy diversa índole. Uno, que ve las cosas desde fuera, a veces se lo ha comentado a sus amigos masones, especialmente a Artur, gente respetable donde las haya: para salvar el resto del numeroso rebaño, más vale sacrificar a tiempo las ovejas negras. Uno de los Grandes Maestres recientes fue Raul Rêgo, constitucionalista y socialista, fallecido en 2002. Entre los pedreiros se han contado el emperador don Pedro I y el marqués de Pombal.

Se dice que los masones estuvieron detrás del asesinato del rey don Carlos (ese regicidio con más de un siglo de retraso), en 1908, decisión que se adoptó en un restaurante de la vieja Lisboa, Estrela da Sé, frente a la iglesia de San Antonio, que tiene exactamente el mismo aspecto que hace más de un siglo. Con mi amigo masón, Artur, almuerzo bastante aceptablemente, aunque el vino sea un desastre, en un comedor en el que cada día comparten mesa y manteles muchos de nuestros políticos, periodistas y magistrados. Hay que visitar la sede del Grande Oriente Lusitano, en un palacete, en el Bairro Alto, con su pequeño museo donde el viajero curioso puede descubrir no pocos secretos de la masonería portuguesa. Y si el lector es coleccionista, preste atención a alguno de los mercadillos de antigüedades que se organizan en la explanada de Belém los primeros y terceros domingos de cada mes, y los sábados en la Feria da Ladra. Yo ya he encontrado delantales y demás arreos de las logias. 

Es algo que en general no se encuentra en ningún país. Provendrán de alguna viuda harta de los recuerdos, o de algún masón en dificultades económicas, lo que en Portugal ahora es muy corriente.




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