12 noviembre 2014

Fundamentos del Rito Francés en el Racionalismo

Presentamos el segundo trazado leído en el Primer Congreso del Gran Capítulo General de España del Rito Francés Moderno.

Autor, H.·. Ignacio Merino del Soberano Capítulo “Sirio” de Madrid.


Fundamentos del Rito Francés en el Racionalismo


Con el Racionalismo que surgió en la Europa de la segunda mitad del siglo XVII, la Filosofía occidental abandona la senda angosta de la Verdad Revelada como única fuente de saber, para nutrirse de la razón humana y el conocimiento científico. El avance representa un momento clave en el progreso de la Humanidad, un hito que habría de marcar el comienzo de una nueva era aunque como bien sabemos, no son los logros del pensamiento sino los acontecimientos políticos, los que comúnmente trazan los ritmos históricos generalmente aceptados.

El aire limpio del pensamiento racional nacía sin embargo de un sustrato oscuro, la ciénaga humana donde las grandes verdades se habían disuelto como frutos podridos en el desencanto de ilusiones pasadas. El limo del escepticismo cáustico carcomió las antiguas arquitecturas. Desde el Vaticano al Reino Unido de la Gran Bretaña, pasando por la España del Rey Planeta y una Austria agobiada por los príncipes protestantes, la vida se medía en ambiciones y oropeles mientras las reputaciones caían al ritmo de una corrupción a la que sólo ganaba la codicia. La Francia del Rey Sol, entretanto, se recreaba en sus fuegos de artificio a mayor gloria de un monarca insufrible que oprimía cuanto tocaba, sacando sus buenos dividendos y mayor poder aún. Consecuencia de aquel marasmo de vanidades fue la encarnizada Guerra de los Treinta Años, donde las naciones europeas lucharon unas contra otras en un preludio que anunciaba ya futuras tragedias. España perdió sus territorios europeos, Inglaterra decapitó a un rey y tuvo su Revolución Gloriosa, mientras el pensamiento se refugiaba en el preciosismo de un arte exquisito que tuvo su cumbre en Holanda, Italia y España. El escritor y diplomático español Saavedra Fajardo, cuando se retiró de las negociaciones de la Paz de Westfalia en 1646, pudo certificar la defunción del espejismo barroco, aquella época contumaz en la que Europa se devoró a sí misma. La España perdedora dejaba atrás décadas asombrosas de creación literaria y artística, espejo de su hondura y capacidad creativa. 


Después de Velázquez, Calderón, Lope de Vega, Góngora o Quevedo, apenas hubo nada. El tiempo del Barroco había sido así, una cima titánica, pero también el suelo ávido de dolor humano sobre el que cayeron dogmas y fanatismos junto a viejas certezas consoladoras, hasta diluirse en un humus tan fecundo que hizo posible brotar la semilla del pensamiento libre.

Pero ni el Barroco ni el Racionalismo, es decir el siglo XVII al completo, hubieran podido existir o al menos comprenderse, si en la centuria siglo anterior no hubiera tenido lugar la revolución renacentista, pues fue en el Quinientos liberador cuando el pensamiento europeo quebró las cadenas del mito para entregarse al logos. El ser humano ganó responsabilidad individualidad y los autores comenzaron a firmar sus obras. El sujeto de la filosofía, como en el tiempo de Grecia y Roma, volvió hacia el Cosmos y la Humanidad, sin superestructuras míticas que lo condicionaran ni leyendas que silenciaran las verdaderas cuestiones. La herencia del Renacimiento supuso una renovada confianza de la especie humana en sí misma, una mayor valoración de sus capacidades racionales.

Mucho ayudaron a esta nueva mentalidad las traducciones de las obras originales griegas, rescatadas a través de los árabes del inmenso desastre de la Biblioteca de Alejandría. En Florencia, la Academia platónica de Masilio Ficino y Pico della Mirandola recogió el impulso helénico del filosofar libremente como método imprescindible de conocimiento e instrumento de análisis para comprender el mundo. Este pensamiento moderno, que consiste en indagar sin prejuicios las causas de los fenómenos para extraer conclusiones veraces o posibles, es tanto la base del librepensamiento filosófico como el punto de partida del método científico, con su consiguiente avance tecnológico.

La Alquimia dejaba de ser una disciplina oculta para convertirse en el umbral de las ciencias químicas, pero en su largo recorrido nos había dejado un precioso legado simbólico, vasto e intacto. La estrechez de miras de la Física teórica, que hasta el Renacimiento era puramente especulativa y admitía conceptos tan delirantes como la forma plana del planeta o la composición de la materia según los cuatro elementos clásicos, se fue cargando de verdad gracias al empirismo y la condición inquebrantable de la experimentación, lo que dio paso a formulaciones cada vez más precisas y ambiciosas.

Esta nueva actitud, que enlazaba con la sed helénica de conocimiento perdida durante los siglos oscuros de la Baja Edad Media, generó un avance en la cultura espectacular. El periodo final del Renacimiento, lo que consideramos Barroco por el preciosismo cargado y lleno de contrastes que alcanzaron las artes aplicadas, no fue sólo desengaño y miseria moral, un refugiarse con mayor saña en los dogmas religiosos o una huida hacia el despeñadero del escepticismo. Significó también la consolidación del ser pensante autónomo y el atisbo de la libertad como horizonte ineludible en la búsqueda de conocimiento. Y de esta tormenta barroca surgirá la emblemática como arte de concentrar los símbolos.

La segunda mitad del siglo XVII pertenece al Racionalismo. Lo alumbra Descartes, el filósofo, físico y matemático que se atreve a establecer la duda como método de búsqueda del saber. Considerado el fundador de la Filosofía y la Ciencia modernas, a este pionero lo siguen pronto Spinoza en Holanda y Leibniz en Inglaterra. El primero pedirá explicaciones racionales a cuestiones teológicas; el segundo aplica la razón y los principios de las matemáticas a la organización social mientras que su compatriota Hobbes describe en su obra Leviatán, con evidente exceso de racionalismo determinista, la necesidad de un orden político que impida la ferocidad humana.

La revolución de las ciencias comenzó por la observación celeste. Un tímido canónigo polaco llamado Copérnico había publicado ya en 1543 una obra reveladora, De Revolutionibus Orbium Caelestium, en la que se afirma con pruebas irrefutables que la Tierra gira alrededor del sol y no al contrario. Poco después, el astrónomo danés Tycho Brache, fiel a los métodos caldeos de observación diaria del cielo nocturno y diurno, elaboró unas detalladas Tablas Astronómicas con anotaciones precisas de los movimientos planetarios en el pasillo celeste del llamado Zodiaco. Su brillante alumno, el alemán Kepler, fue quien comenzó a desarrollar lentes según los conocimientos de los árabes. Comenzó la pasión por la óptica. En los Países Bajos se llegó a desarrollar una técnica sofisticada de pulimento (recordemos que el propio Spinoza tenía como trabajo pulir lentes) y así pudo Galileo Galilei construir su primer telescopio desde el que observó que la luna tenía 
montañas y observar la gran mancha tormentosa de Júpiter. 

Fue Johannes Kepler quien estableció las reglas del método científico y formuló las tres leyes fundamentales del movimiento planetario, pero lo más interesante de su vasta y lúcida exposición es cuando resume sus fórmulas a un concepto que corresponde a la Filosofía y tiene su raíz en el magistral Pitágoras. Partiendo de las órbitas planetarias y su relación numérica, Kepler establece el concepto de la Armonía del Mundo, algo que conecta con las aspiraciones éticas y estéticas de la Masonería filosófica. 

El colofón de aquella puesta a punto racional que al mismo tiempo descubre el prodigio de la materia y la infinitud de la existencia será la filosofía de Emmanuel Kant y la Física de Isaac Newton, formulada no ya por la experiencia sino por la capacidad intuitiva de una mente genial.

II

No conocemos con exactitud qué fue de la Masonería en aquel tiempo. Sabemos que se mantuvo como sociedad iniciática y que siguió utilizando los símbolos de la arquitectura para la construcción del templo interior de la persona. Es evidente que la herencia llegaba a través de la fraternidad de albañiles [maçons], maestros de obra y arquitectos de la Alta Edad Media, quienes a su vez la recibieron de los collegia romanos, la tradición del Templo de Jerusalén y las sociedades sacerdotales de Egipto y Sumer, conocedoras de los secretos de la geometría y las matemáticas, que se pierden en la neblina de tiempos remotos. Pero ¿por qué se manifestó en Gran Bretaña y no en Francia, donde había alcanzado su esplendor medieval?

Resulta inevitable considerar la pista templaria, que parece la más verosímil. Aquella disciplinada fraternidad de varones, formada a imagen de las órdenes de caballería, trajo de Jerusalén a Europa la noción nuclear de templo como ideal simbólico en la reconstrucción personal del adepto. Y hasta tal punto fue importante este concepto que dio nombre a su sociedad, quedando así velado su origen esotérico a los profanos, pero no el sentido exotérico pues fueron las antiguas caballerizas del Templo de Salomón lo que el rey Balduino concedió al fundador Hugo de Payns, a petición suya, para establecerse. La Orden del Temple se caracterizó en Europa por su ingente labor constructora. También por la utilización de ritos y fórmulas de iniciación ajenos a la religión católica, herméticos y secretos, que algunos autores consideran tomados de los gnósticos establecidos en Palestina. Como sabemos, sus cuadros dirigentes fueron masacrados en Francia a comienzos del siglo XIV por el taimado Felipe IV, para apoderarse de sus riquezas y cercenar de raíz su poder autónomo, pero nada impide pensar que parte de ellos pudo salvarse y reunirse en un lugar agreste y esquinado de Europa como es el extremo brumoso de la bella Escocia. Allí pudieron conservar sus costumbres y ritos, sus antiguos saberes arquitectónicos, sus conocimientos secretos y su organización. No me extenderé sobre la forma en que esta probable realidad pudo ser origen del rito llamado más tarde escocés, con su fuerte impronta cristiana. La cuestión es que en el siglo XVII, con la llegada del escocés rey Jaime a Londres para ocupar el Reino Unido de la Gran Bretaña, la antigua masonería neotemplaria pudo acompañarlo, establecerse en la capital inglesa y alimentar lo que vino después.

Gracias a las investigaciones de Robert Lomas sobre el Colegio Invisible, podemos seguir el rastro de aquel viaje desde la Masonería operativa a la filosófica e, incluso, concluir que hubo una convergencia entre los ideales de la Fraternidad masónica con el pensamiento cívico y la acción sociopolítica, en un flujo evolutivo que cristalizaría un siglo después con la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América.

La mentalidad igualitaria protestante, la libre conciencia individual y su vertiente militante puritana, fueron el caldo de cultivo en el que maduraron los cambios que se sucedieron en torno al triunfo del parlamentarismo británico. En su victoria resultó fundamental la estructura de las logias masónicas, su operatividad e ideario común. La coordinación correspondió al Colegio Invisible, una sociedad de notables atentos a los cambios que consiguió guiar la estrategia logística en la construcción de un tiempo nuevo inspirado en la Justicia, la Igualdad y la Libertad de conciencia. Este colegio de grandes pensadores relacionados con el entorno de Cambridge y Oxford fue el origen de la sociedad científica que tomó el nombre de Royal Society y que evolucionó más tarde a la Royal Academy. Lo hizo a través de un núcleo del Gresham College londinense, una fundación de estudios originada en el siglo XVI en fecha indeterminada durante el apogeo cultural que tuvo lugar bajo los tres últimos reyes de la dinastía Tudor. Robert Lomas concluye que el Colegio Invisible era la institución que congregaba a los masones de Inglaterra, organizados a partir del establecimiento de logias inspiradas en el Oficio Escocés y sus antiguos rituales.

Así pues la dinastía Estuardo de origen escocés, a pesar de su leal catolicismo, permitió la formación de una mentalidad basada en la especulación filosófica libre, el análisis racional del mundo y la consideración fraternal de los seres humanos. Y esta es la esencia de la Modernidad, la piedra filosofal capaz de transformar el Opus Nigrum medieval en la Obra Abierta del Siglo de las Luces. Una noción intelectual que, arrebatada, se convierte en fuerza de sentimiento capaz de arrollar los más sólidos muros de la Historia y que da el nombre de “Moderno” al Rito Francés. La idea de progreso, hecha pasión política en el XVIII gracias a los postulados ilustrados, se convierte en furor revolucionario, un impulso que va del cerebro al corazón, de lo individual a lo colectivo, de las ideas a la política y que trajo como consecuencia el despotismo ilustrado, las revoluciones norteamericana y francesa, el liberalismo español, la emancipación de las repúblicas iberoamericanas y la unificación de Italia y Alemania, ya en el Diecinueve.

En consecuencia, la mentalidad de la Masonería arcaica en mutua conexión con el desarrollo de la Filosofía racionalista representa uno de los fundamentos de la consolidación democrática y el establecimiento de las libertades y derechos civiles en Europa y por tanto es la piedra angular del Rito Francés Moderno (anterior al Escocés, como sabemos, aunque el adjetivo “moderno” llegue a confundir) basado en la libre conciencia y el trato igualitario. Ambos fenómenos, el Racionalismo y la Masonería filosófica primitiva, inciden en la Historia modificando usos hasta entonces tradicionales como las Cortes estamentales, aquellos órganos de representación presididos por la autoridad jerárquica del monarca y en la que el Tercer Estado sólo era escuchado –sus quejas fundamentalmente- pero no participaba en la discusión general, pues ésa sólo correspondía al rey con sus pares. Surge, por tanto, la noción de Asamblea parlamentaria como un órgano de discusión libre y ordenada, formado por representantes elegidos por votación en procesos limpios y democráticos. El Parlamento se manifiesta como un modo de relacionarse política e intelectualmente dentro de la diversidad social. Se conforma, pues, como “centro de unión” de fuerzas distintas y aun contrarias que en vez de repelerse y luchar por el poder con violencia, traición y crímenes, llegan a acuerdos, votan y acatan las decisiones por mayoría. Una noción y una dinámica que se identifican sin dificultad con la práctica masónica. Los Congresos, Cortes y Cámaras legislativos que se irán creando en Occidente como eje de la vida política, van a pavimentar el camino de la madurez colectiva y cimentarán una nueva responsabilidad social.

Este nuevo escenario supuso para la Masonería transformarse y adoptar un carácter exotérico, hacia afuera. Pasó de ser una casta restringida asociada a la construcción, heredera de una tradición iniciática esotérica y milenaria, a un movimiento cívico de signo filosófico y ético, que había de penetrar con fuerza en la sociedad. Su carácter estático se hace progresivo pues aspira a la evolución positiva continua del individuo y la sociedad, mientras que las luces de la razón iluminan los complejos arcanos de los símbolos. En consecuencia, la simbología del Arte Real de la Construcción, primera tarea humana civilizadora, se hace universal. A través del perfeccionamiento individual y la construcción del Templo Interior, se hace necesario construir el Templo Exterior de la Humanidad con armonía geométrica y sobre los principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad. Y es esta sabia mezcla de aspiraciones iniciáticas y civiles, éticas y filosóficas, son las que permanecen inalterables como señas de identidad del Rito Francés.

Los postulados igualitarios implicaban el respeto categórico a las creencias de cada cual, lo que constituía un concepto revolucionario incluso para los luteranos ya que significaba reconocer tanto el difuso panteísmo de algunos científicos y filósofos, como la digna existencia de otras confesiones religiosas como la católica. La masonería moderna asumió como propio este principio, pero no fue hasta el siglo siguiente cuando la misma comprensión se extendió a quienes rechazaban la figura de un dios salvador, paternal y revelado. Una tolerancia drástica que prendió en el Rito Francés e inevitablemente creó una grieta con la masonería anglosajona de fuerte raíz bíblica y deísta, cuyo impulsor, el pastor Anderson, tildaba a los ateos de estúpidos e inmorales.

La Royal Academy, por su parte, como institución reconocida donde la ciencia triunfó en libertad, fue capaz de sentar las bases de una revolución tecnológica que llega hasta nuestros días. Los potentes focos de la Ilustración sobre el mundo racional alumbraron una compilación enciclopédica del saber que se propuso comprender la naturaleza de las cosas desde un criterio científico, sin interferencias míticas, legendarias o religiosas. Esta fue la nueva visión que ofrecía la vanguardia intelectual europea, entre la que se extendió progresivamente la masonería como debate racional y práctica de virtud ciudadana. La revolución norteamericana fue la apoteosis de esta nueva visión y la francesa su epígono, así como la frustrada revolución liberal española durante la ocupación napoleónica, la emancipación de las repúblicas iberoamericanas y el Risorgimento italiano fueron sus más hermosos, aunque zarandeados, precipitados.

Para la Historia de la Humanidad, el paso iniciado por el Racionalismo supone la evolución hacia la responsabilidad colectiva, un concepto muy grato al Rito Francés. Hora es, tal vez, de seguir evolucionando y fijarnos en otras fuentes nutricias que, más allá de la leyenda de Hiram, conforman nuestra identidad cultural. Como, por ejemplo, la que recupera entre los materiales nobles del pasado la Antigüedad griega con su espíritu filosófico, afán científico y desarrollo de las formas de convivencia asamblearias y democráticas.

He dicho, Hermanos Míos.

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