06 febrero 2014

Santa Teresa y el Ministerio del Interior

 Por Javier Otaola 

El ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, ha incurrido en la licencia poética de proclamar en un acto público que estaba convencido de que Santa Teresa de Jesús estará siendo “intercesora” para España “en estos tiempos recios” que está atravesando el país durante el acto de presentación de Huellas de Santa Teresa en Fitur, un proyecto que en 2015 conmemorará el V Centenario del nacimiento de la mística a través de un recorrido por las 17 ciudades, en cuatro comunidades autónomas, en las que estableció las fundaciones de las carmelitas descalzas.

Es verdad que el acto daba una excusa propicia para ese desliz pero intentando ser oportuno creo que ha incurrido en una innecesaria violación del principio de laicidad, cuando ha proclamado nada menos que: ”Santa Teresa hablaba de tiempos recios, y estoy seguro de que en estos momentos estará siendo una importante intercesora para España en estos tiempos también recios que está atravesando“.

Siento una gran admiración por la Santa de Ávila y por su fuerza personal y poética pero creo que un responsable político en una sociedad secularizada como la nuestra y en un marco de convivencia aconfesional como el que define nuestro orden constitucional debe privarse de esas licencias. No me parece decente mezclar Santa Teresa con las funciones del Ministerio del Interior y del Gobierno de la Nación, me suena a una impúdica apropiación por parte del Ministerio del Interior de una patronazgo celestial para burlar las criticas humanas a su propia gestión ¿Qué pensaríamos de nuestro médico de familia en la Seguridad Social que al tiempo que nos receta una medicina para nuestro mal nos recomendara el rezo de unos misterios del Santo Rosario? ¿O de un abogado que para reforzar el peso de sus argumentos ante el Tribunal de instancia quemara una barritas de incienso ante una figurilla del Buda? ¿O de una azafata de Iberia que nada más explicarnos las medidas de emergencia que debemos adoptar en caso de despresurización de la cabina nos pasar unas estampitas de Santa Bárbara? ¿O de una comisaría de los Mossos d’Escuadra presidida por una imagen de tamaño natural de la Virgen de Montserrat?

Todos tenemos derecho a un ámbito de libertad espiritual en el que podamos abrirnos al misterio del mundo a través de una fe religiosa determinada o bien a adoptar una posición filosófica radicalmente naturalista, todos estamos legitimados a poetizar el misterio de la existencia personal de acuerdo con nuestras propias opciones, pero cuando actuamos en el ejercicio de una función pública o en el desempeño de una profesión también pública no estamos autorizados a exhibir impúdicamente nuestra intimidad o nuestras convicciones confesionales, sino que debemos atenernos a los valores de la ciudadanía, que son aconfesionales, ecuménicos y públicos.

Soy de los que creo que necesitamos de una laicidad que convoque a todos, y no solamente a los ateos o agnósticos, es decir una laicidad —o aconfesionalidad— como la sugerida por Andrés Ortiz-Osés que no se base en el desconocimiento y el desprecio mutuos sino más bien en la co-implicación de los contrarios pero que al mismo tiempo sea respetuosa con la autonomía del discurso político que no debe confundirse con el lenguaje confesional.

La laicidad no es sino una respuesta institucionalizada a la gran pregunta de John Rawls:

¿Cómo es posible la existencia duradera de una sociedad justa y estable de ciudadanos libres e iguales que no dejan de estar profundamente divididos por doctrinas religiosas, filosóficas y morales razonables?

Pues esa convivencia es posible sólo si somos capaces de no invadir el espacio de lo público con nuestras opciones estrictamente personales y particulares y hacemos sitio a los demás.

La aconfesionalidad no supone ignorar el valor social de las religiones — en lo que tienen de razonables— pero tampoco es simplemente la neutral pasividad del Estado sino que es un compromiso más ambicioso de crear y sostener un espacio político enriquecido por todos pero definido en última instancia por la ética y la simbólica civil, cerrando el paso a toda manipulación política de lo confesional, de lo castizo o de lo étnico.

Es imprescindible rescatar el núcleo eficiente de laicidad, aquello que la hace valiosa y nos permite reconsiderar los fundamentos de todo lo político aquello que nos descubre el origen revolucionario de la Democracia como fórmula de convivencia que hace de la ciudadanía, y no de la sangre o de la fe religiosa, su eje y fundamento.


Fuente: Web Javier Otaola

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