28 octubre 2011

Los grados azules o el corazón de la Francmasonería

Representación simbólica de los 3 grados azules. Autor: Manel Rubiales

La presente plancha gravada fue publicada en nº 9 de la revista Cultura Masónica -Octubre 2011- dedicado al Rito Escocés Antiguo y Aceptado, con motivo del bicentenario del Supremo Consejo Masónico de España, junto a otros magníficos trabajos. El M.·. Q.·. H.·. Vicenç Molina no solo nos ha dado su autorización expresa para reproducirla, sino que además ha tenido el detalle de “depurarla” -si se nos permite esta expresión- y de esta manera reducir su extensión, a fin de facilitar su lectura en pantalla.  


Los grados azules o el corazón de la Francmasonería

Me parece –vamos, estoy bastante convencido de ello…- que el simbolismo, en términos masónicos, no tiene que ver demasiado con la simbología, con la cual, según como fuésemos yendo hacia el terreno de la profanidad, podría tender a confundirse. Pienso también que el trabajo en las logias azules, en las logias-logias, allí donde nos reunimos todos los masones y masonas para trabajar, preferentemente, en los tres primeros grados, aquellos que llegamos a compartir la gran mayoría de masones y masonas del mundo, y en los que a todos se nos continúa identificando universalmente como a los aprendices que siempre somos, es siempre, simbólico. Pero no simbológico. Y que las logias son talleres simbólicos, pero en absoluto son espacios de erudición “simbológica”. Y que, en algunos casos, las federaciones de logias se denominan, también, “simbólicas”, pero en absoluto “simbológicas”… Y que la raíz y el alma –bien, mejor el corazón, en terminología laica- de la francmasonería es aquella que reside en los tres primeros grados, es decir, en los talleres, en la logia del común de los masones y de las masonas. Y que es allí donde pueden desplegarse todas las potencialidades de la vida masónica, donde puede aspirarse al mayor horizonte de aprendizaje. Y donde dicho horizonte de aprendizaje y sus posibles concreciones pueden ser experimentados en mayor medida. Al menos, hasta ahora.

Todo trabajo masónico en logia es “simbólico”. Porque se realiza utilizando el recurso de una palabra exenta de dogmatismos y de percepciones unívocas y excluyentes, de implicaciones ajenas a la voluntad de construir y de construirnos, sí, pero también de colocar la palabra, en tanto que piedra basilar, en el templo de la humanidad.

Cuanto más político, más social, cuanto más implicado en los afanes de un humanismo liberador, cuanto más vinculado a la dimensión de una ética civil en búsqueda permanente de una razón activa, masónicamente activa, por tanto, transformadora, revolucionaria, en el horizonte de la fraternidad universal, más simbólico será el trabajo…

Construcción que viaja en debate y que, a veces, se concreta en proyectos. Que son de las logias y de las relaciones y los vínculos que se establecen entre sus miembros y sus distintas proyecciones en sus respectivos ámbitos de sociabilidad. Que afectan al meollo de la masonería, es decir, a la totalidad de sus miembros. Que nunca proceden –o han procedido, históricamente- de un autoseleccionado y no siempre reducido grupo de veteranos y veteranas que, por herencia o, en ocasiones, por inercia, creen tener que mantener una estructura paralela que, no sólo en España pero especialmente en masonerías tan minoritarias como la nuestra, termina reduplicando reuniones, procesos, discursos y cargándose de una afectación retórica a menudo descargada de vivencia y de pulsión constructiva.

El uso de un determinado ámbito de precisiones hace que podamos aspirar a un proceso de intercambio sin restricciones, sin imposiciones, sin limitaciones, abierto permanentemente al librepensamiento.

Del uso de alguna metáfora que nos permite ir más allá en el proceso de búsqueda de caminos de entendimiento y de comprensión de lo que estaba disperso y que hemos –en logia- reunido, para disponernos a sentirnos partícipes de una construcción que nunca se vertebrará completamente bajo una sola perspectiva, que nunca será tan sólo aquello que yo mismo haya podido considerar, que nunca será del todo nada que nadie, ni ninguna fuente de autoridad, ni ningún manual, ose intentar preconcebir. O que pretenda administrar su interpretación. No hay manual de usos, ni de instrucciones, ni autoridad ajena al simbolismo. Porque el simbolismo es la soberanía, que radica en el conjunto de los masones y de las masonas activos en las logias. Simbolismo, es decir, democracia.

Assamblage sobre Simbología Masónica. x Manel Rubiales
Porque el simbolismo, soberanía de la base, equivale a la raíz profunda de una institución en la que no existe ninguna autoridad, tan sólo una delegación de funciones y de representación que, siempre, arranca de dicha base soberana, en el grado de aprendiz. Donde no hay nadie que pueda pretender tener la clave de interpretación del posible sentido de lo que, no siendo así, no sería ya palabra viva… Es por ello por lo que las logias “azules” –las de esta masonería de los tres grados, la que constituye la raíz de la vida masónica constructora y allí donde se expresa la soberanía de los masones y de las masonas desde su iniciación- se denominan “simbólicas”…

Pues la palabra, en vida viva y en fermental construcción, que busca concretarse más allá de las puertas del templo, es la palabra de las logias simbólicas, que reúnen aprendices, compañeros y maestros y que, desde los fundamentos mismos del edificio, expresan su soberanía y potencian –si así lo eligen y lo defienden- su voluntad de acción. Si no hay voluntad de acción y de implicación en el tejido social y político, no hay construcción, no hay simbolismo. No hay, por no haber, ni tan sólo aparente “construcción” personal, si esa construcción no se dinamiza mediante la interacción con el entorno. Porque la masonería es profundamente existencial, en absoluto “esencial”. No se refiere a una pretendida búsqueda de esencias perdidas o traspapeladas en un remoto pretérito, sino a una continua proyección autónoma de aquello que nos hace ser en la medida en la que existimos, que nos proyecta en la medida de nuestra misma existencia, como masones y como institución, siendo ser el resultado, cambiante y dinámico, de nuestra acción. La autopoiesis existencial, el ser en la medida de lo que se hace, también institucionalmente, es, quizás, una de las grandes características autoconstitutivas que definen a esta institución y le otorgan cierta virtualidad. Sin ello, puede haber, tal vez, erudición, que no simbolismo, y para tal cosa no hacen falta según qué tipo de usos y de instrumentales…

Simbolismo es lo que coincide con democracia, porque es aquí donde, siempre, todos y cada uno pueden expresarse en pie de igualdad y donde se canalizan las aportaciones del conjunto de los obreros del templo, y donde se toman las decisiones que configuran el perfil y la actitud generales con los que el templo será reconocido, si es que es reconocido, en función de aquello que se construye, si es que se construye… En función de aquello que nos hace en la medida en la que algo se hace… Si es que se hace, y por tanto, si es que nos hacemos y, en consecuencia, somos.

Ni que decir tiene que existen muy honrosas excepciones, como en casi todo. Por cierto, una de ellas, y de las más evidentes, es la que se refiere a la dinámica actual del Supremo Consejo Masónico de España, que pretende impulsar el debate en términos racionales y conducirlo hacia mayores cotas de concreción y, por tanto, de aplicabilidad.

Faltará que dicha coyuntura termine por devenir estructura y, así, configure el supuesto futuro activo de la institución… Si es ese el signo del futuro, quizás dejarán de tener sentido las apreciaciones –que, hasta ahora, he compartido- del recientemente fallecido hermano Charles Porset, Gran Canciller del V Orden del Gran Capítulo del Rito Francés del Gran Oriente de Francia:

“¿Los Altos grados? Mi crítica es la de todos: ¿para qué?” 

El símbolo, en masonería, y con ello podríamos remitirnos a la historia viva de las masonerías contemporáneas –entendiendo por tales a las de los dos últimos siglos- es el referente universalizable por medio del cual podemos ponernos de acuerdo, no para autoreferenciarnos a un discurso erudito o “gramatical” sobre su valor intrínseco o su posible sentido, sino para asumir los compromisos que, como obreros constructores del templo, tenemos que asumir para ser, en verdad, “simbólicos”. Nos reunimos -y nos unimos- no con el fin de realizar un proceso de erudición gramatical y etimológica sobre el origen o la interpretación de los términos que utilizamos o de nuestros sistemas de significación, sino para construir, por medio de esta palabra simbólica –por tanto, viva, arraigada en la base, en las expectativas, los anhelos y los ideales de las personas- aquello que podemos concebir como posibles vías de concreción de la alusión concretada en nuestro triple lema histórico. Nos reunimos y nos unimos, pues, para otorgarle, a nuestra terminología semántica, vocación “poética”, es decir, constructora, para decirnos algo concreto sobre cómo colaborar en el proceso de construcción de una sociedad más libre, más igual y más fraterna. Y ello se efectúa, con mayor intensidad, en los talleres simbólicos.

La masonería simbólica, la de los tres grados, asume la universalidad de las inquietudes, intenciones y anhelos del conjunto de sus miembros, sin distinción de grados –incluyendo a los aprendices-, porque les invita a todos a hacerse partícipes del diseño de su núcleo vivo, de su perfil, de su carácter, de su capacidad de contribución a la construcción. Por ello es simbólica. Y no lo es porque se entretenga, más o menos, en autoanálisis más o menos autoreferenciales o en disquisiciones alegóricas sobre la raíz histórica, semiótica o semántica del lenguaje que utiliza. Los masones y las masonas que han construido y que, por tanto, han sido cómplices del proceso de despliegue de una sociedad más libre y más justa –empezando, obviamente, por sí mismos- han potenciado, evidentemente, esta versión de la construcción, y es por ello por lo que han ejercido como piedras del templo de la humanidad.

Hoy también la palabra constructora debe encaminarse, simbólicamente –por tanto, democráticamente- hacia la búsqueda de compromisos en la construcción de un orden político que se imponga al desorden económico, hacia la búsqueda de contribuciones a la racionalidad política que impulsen la intervención reguladora y el control democrático –como sucede en el simbolismo- en las estructuras financieras y económicas, hacia un reordenamiento de las relaciones internacionales que pueda contribuir a la dignificación de las condiciones de vida de la mayoría de los habitantes de la Tierra. Porque, pese a todas las crisis, hay para todos. Hay recursos, hay intenciones, hay capacidades, hay fórmulas alternativas que, ahora, no son sueños de cariz utópico, sino modelos aplicables y factibles de implementar en la realidad social.

Para ello hace falta que la palabra constructora se signifique invitando a construir. Desde un método que comienza por ser introspectivo y se encamina hacia el apoyo a las iniciativas transformadoras, para poder llevar el trabajo –y la palabra- más allá de las puertas del templo…

Y no para continuar hablando sobre la palabra misma y sus supuestas virtualidades. No. Porque esto del simbolismo masónico, esto de las logias de los tres primeros grados, si alguna cosa no es –y no puede ser- es virtual. Es del todo real…   

Vicenç Molina 
Maestro Masón 
R.·.L.·. Minerva-Lleialtat
G.·.L.·.S.·.E.·.

5 comentarios:

  1. Está claro que este Hermano no ha entendido absolutamente nada.

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  2. Pues creo que es grado 33º...

    Haber si eres tu el que no ha entendido "nada". "Nada" es una palabra muy fuerte, hay que ejercitar la Tolerancia y respetar a los que no piensan como nosotros.

    Avant

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  3. ¡Que lástima Raimundus!. Ya somos dos los que hemos entendido … absolutamente nada.

    Joan Prats

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  4. TRES
    Suscribo la exposición del Hermano Molina

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  5. Excelente trabajo el del H.•. Viçens Molina, hace mucho tiempo que pienso igual aunque no tengo su facilidad para expresarlo. Gracias
    Llull

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