21 marzo 2011

El falso conflicto de las capillas universitarias

"Por respeto a todo el mundo defendemos ..."
Por Joan-Francesc Pont

Los medios de comunicación que parecen encontrar una satisfacción especial cuando un hecho anecdótico puede elevarse al nivel de categoría, transforman a menudo cualquier acto de disidencia religiosa en la quema de un convento  y cualquier adelanto en la secularización de la sociedad en una persecución antirreligiosa.


Viven algunos sectores de la opinión publicada o televisada de la explotación de los sentimientos de miedo o de venganza que algunas almas conservan celosamente para continuar situadas en la queja permanente contra el progreso de la humanidad. Uno de estos ejemplos es la amplificación de ciertos actos de protesta contra la pervivencia de capillas católicas en el seno de las universidades de Barcelona y Complutense de Madrid, algunos de los cuales han interrumpido la celebración en curso o se han transformado en una sátira erótico-festiva. Si fuese por el respeto que me merecen las manipulaciones fáciles de diarios como LA GACETA o LA RAZÓN, no me molestaría en escribir estas líneas. Pero no es menos cierto que personas de buena fe han mostrado su escándalo por estas profanaciones de espacios que ellos consideran sagrados y se han dirigido a los militantes del laicismo y también a los francmasones en demanda de un gesto de comprensión. Estas personas de buena fe son nuestros aliados objetivos en el combate por una sociedad laica y merecen, por lo tanto, una respuesta. 

Digámoslo, pues, claro y fuerte. El anticlericalismo inteligente, creativo y con sentido del humor continúa hoy siendo necesario como una barrera contra el clericalismo que quiere volver a llenar de cruces los edificios públicos, que quiere dar a los imanes la representación política de sus fieles o que se afana en recuperar las funciones estatales del viejo catolicismo romano, como el disponer de espacios de culto exclusivos y excluyentes en las universidades públicas [un tema que la Constitución ya resolvió al prohibir que cualquier confesión tenga carácter estatal].

Pero este anticlericalismo elegante e ingenioso del laicismo sólo es necesario cuando se reaviva el clericalismo, pues el laicismo y el libre pensamiento aspiran a mantenerse en el nivel de la crítica de las ideas mucho más que en la acción directa. El laicismo, normalmente, no necesita ser anticlerical, porque las ideas que defiende se han incorporado al acervo común de la ciudadanía, lo que incluye a los exponentes ilustrados de las confesiones religiosas. Hay un consenso social mayoritario sobre la separación entre la Iglesia y el Estado y el de la libertad de cultos en un espacio público construido sobre valores éticos compartidos. 

Detrás de la renacida reivindicación de capillas en las universidades –un tema que fue resuelto  durante los  primeros meses de la transición política: si el catolicismo ya no era la religión del Régimen ni del Estado, sus capillas situadas en interior de las administraciones públicas debían de cerrarse pacíficamente, como así se hizo-, existe la aspiración por parte de los sectores más retrógrados de la Iglesia Católica de recuperar un protagonismo que casi ninguna orden religiosa ni ningún obispo sensato reclama. Se trata de movimientos integristas que a menudo critican a la jerarquía por blanda y que utilizan en el propio seno de la Iglesia un lenguaje amenazante y totalitario, en el sentido político de este término: la defensa de una verdad permanente que no depende de la opinión variable de los ciudadanos, que encarna el destino de un país y que rechaza el sufragio universal y el pluralismo. Esta minoría totalitaria es hoy una amenaza para la Iglesia Católica en Cataluña y en el resto de España, pero, sobre todo,  resulta más chocante en Cataluña, libre desde hace ya mucho tiempo de las agresiones clericales más toscas  (en la doble vertiente interna –a pesar de una cierta caza de brujas y una amenaza de excomunión- y externa).

Sumemos fuerzas, por lo tanto: hagamos un pacto nacional por la laicidad que incluya, además de los sectores previstos, a los jesuitas, a los escolapios, a los franciscanos, a los curas abiertos de tantas parroquias e incluso a algún obispo y dejaremos solos a los clericales, que ya son una minoría desacreditada. 

¿Y los happenings “anticlericales” en las capillas? Que queden para teatro, para la literatura o para la calle, incluso, si ayudan a la gente a pensar. Hoy no estaríamos aquí sin Voltaire. Pero dejamos bien claro que los espacios que una religión considera sagrados merecen respeto como los espacios que cualquier persona o grupo considera sagrados. Si hay discrepancia, expresémosla desde el respeto. Si hay enfrentamiento, como cuando los clericales quieren recuperar parcelas de la Administración pública, utilicemos las armas del Derecho. Es nuestro privilegio para vivir en una sociedad democrática, construida contra los mismos que ahora quieren capillas y que hace muchos años quemaron a Giordano Bruno. 

Joan-Francesc Pont Clemente. Maestro Masón.

Traducido al castellano por El Masón Aprendiz

2 comentarios:

  1. Lo que es incomprensible es que estos "cristianos" sigan imponiendo sus privilegios exclusivos en los centros públicos en un estado aconfesional y todavía vayan de mártires. Lo más indignante es que los rectorados de esas universidades públicas amenacen con expedientar a los estudiantes laicistas y la UE –a instancias del PP europeo, ¡como, no!- esté analizando la “persecución” del cristianismo en Europa. Los inquisidores perseguidos.

    Vivir para ver.

    Botafumeiro

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  2. Perdón, he olvidado felicitar a J.F. Pont por este artículo.

    Fraternalmente,

    Botafumiero

    ResponderEliminar

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