24 noviembre 2010

7 semblanzas masónicas

Editorial Masónica.es ha publicado recientemente un nuevo libro que lleva por título 7 semblanzas masónicas del H.·. Nicolás Briheuga, del que os ofrecemos la reseña. No escribimos nada al respecto, porque el prólogo del escritor y H.·. Ignacio Merino es más que suficiente y nosotros no sabríamos encontrar mejores palabras para resumirlo. Nos permitirnos únicamente repetir, el final del prólogo. Sobre las ruinas del pasado, los masones de hoy vamos reconstruyendo la estancia de la palabra y la libertad. Y seguimos mirando al pasado para aprender, porque aún queda mucho por construir.” 

Autor: Nicolás Brihuega Barba
Título: 7 semblanzas masónicas - Subtítulo: La masonería en 7 vidas ejemplares
Colección: Serie Roja (Autores contemporáneos) - 1ª edición, 2010 - Páginas: 168
PVP: Edición digital 8 € - Edición en papel 12 € 
Para encargarlo: http://www.masonica.es/

Índice
Prólogo de Ignacio Merino.
Evolución de la masonería desde sus orígenes hasta el presente.
La masonería española.
Clara Campoamor, una luchadora por el voto femenino.
Diego Martínez Barrio, un hombre decente, honrado e íntegro.
José María Torrijos, pasión de libertad.
Juan Van Halen, un masón contra el absolutismo fernandino.
Odón de Buen, científico y librepensador.
Sagasta, un masón al frente del gobierno.
Luis Simarro Lacabra, masonería y ciencia.

El prólogo

Tenemos ante nosotros una obra importante que acaba de incorporarse al magno edificio de la Masonería española. Del solar en ruinas que heredamos del Régimen de Franco, con la brutal destrucción de templos, el robo de archivos, su documentación manipulada y sus tesoros dispersos, los masones contemporáneos hemos tenido que levantar de nuevo nuestra casa sobre la sangre y el tributo de los mártires. Pero nada de dramas ni de lamentos, aunque tampoco olvido, eso jamás. Sólo la memoria serena, con el reconocimiento que hace justicia y un juicio crítico que contempla tanto aciertos como errores, nos puede devolver la dignidad que nos arrebataron.

En la senda de esa memoria recuperada se encuentra el presente trabajo del Hermano Sorel, Nicolás Brihuega en el mundo profano. A través de siete bosquejos biográficos nos devuelve a un tiempo en el que muchos masones contribuyeron al progreso de la sociedad, haciendo de los ideales de Libertad, Igualdad y Fraternidad un compromiso cívico, no una conspiración de poder como han querido hacer ver los enemigos reaccionarios sino la lucha secular en pro de la dignidad, la justicia y los derechos.

Acierta Nicolás Brihuega al incluir nombres menos conocidos y aún olvidados en esta muestra bien representativa. El merecido reconocimiento, a través de la crónica y el recuerdo, es una labor justa del historiador pero también un tributo que los lectores, sobre todo los francmasones, le agradecemos.

Con el fin de formar una Cadena de Unión equilibrada, que ilustrara tanto los distintos momentos del pasado como las variadas forjas de esos “eslabones”, el autor ha elegido siete vidas ilustres que se reflejan desde el pasado para transmitirnos su luz. En primer lugar, dos liberales que lucharon contra el absolutismo fernandino y fueron víctimas de la inquisición renovada que formó aquella perversa alianza entre el Altar y el Trono, dos hombres que no cejaron en su empeño por dotar a la atrasada España de una constitución defensora de derechos y libertades que hiciese de ella una nación moderna a la altura de sus hermanas europeas que construyera puentes fraternales con las nacientes repúblicas americanas. Juan van Halen y el general Torrijos ilustran a la perfección el idealismo romántico del primer liberalismo, su entrega y generosidad, la lealtad a las convicciones arraigadas por encima de cualquier consideración.

Para reivindicar al marino y liberal francmasón Juan van Halen, el autor acude a una fuente bibliográfica tan romántica como el personaje. Se trata de las memorias del propio biografiado que en su día fueron dadas a la imprenta por don Pío Baroja, hombre entusiasta de las aventuras y enredos de aquellos militares y guerrilleros idealistas como dejó patente en la crónica del inefable Aviraneta.

Juan  van Halen es un arquetipo de esos hombres:  casi  adolescente, repartió armas en el parque de Monteleón, antes de que llegaran Daoíz y Velarde, para pasar luego a engrosar las filas de los afrancesados que vieron en la monarquía del rey intruso José Bonaparte (tan intruso por otra parte como el francés Felipe V, como muy bien dice Brihuega), el instrumento de superación de la sociedad feudal heredada de los Borbones. El mismo hombre que, decepcionado, se pasa a las filas patriotas al final de la contienda contra Napoleón y consigue liberar varias ciudades catalanas sin disparar un solo tiro. Y así, como patriota, será iniciado en la masonería en una logia de Granada. Encarcelado por los absolutistas, huye a Francia ayudado por sus hermanos masones y tras el Trienio Liberal, en el que tendrá un papel activo, va a Rusia, Francia, América y Bélgica, actuando en todos estos países como militar “asociado” y revolucionario masón. Amigo de Torrijos, estaba más a la izquierda que éste y sin embargo consiguió ser reconocido por los cristinos a la muerte del Felón. Su importante figura fue muy conocida en la época y Pérez Galdós se inspiró en él para trazar uno de sus mejores personajes. Nicolás Brihuega lo devuelve al altar de los héroes con todo merecimiento.

José Mará Torrijos es más recordado, pero quizá lo sea gracias al enorme cuadro de su ejecución, en el que aparece sereno y grandioso, rodeado del halo de carisma que debió de envolverlo en vida. Llamado “el lord Byron español”, era un militar reconocido que fue nombrado brigadier muy joven por Wellington. Casado con una mujer extraordinaria que lo siguió en toda su aventura vital, tuvo que exiliarse a Inglaterra de donde partió en una desafortunada expedición que pretendía desembarcar en Cádiz, promulgar la Constitución y desalojar el gobierno absolutista. Traicionado por quien le ayudó, fue apresado y ejecutado en las playas de Málaga.

Estos dos militares representan el carácter revolucionario, patriótico y liberal de numerosos masones de la época. Entre sus filas hay muchos mártires de la libertad, pero también generales victoriosos como San Martín. Nuestras libertades de hoy deben mucho a su lucha de ayer.

Otros dos personajes representan otro combate, no menos feroz aunque en general incruento: la tribuna política. Práxedes Mateo Sagasta y Casares Quiroga pertenecen al espíritu indomable del segundo liberalismo y el tercero, que da forma al republicanismo democrático.

Sagasta es bien conocido como político y como masón, pero Brihuega lo trae a esta galería como representante conspicuo de un liberalismo posibilista y tolerante, alejado de posiciones intransigentes en el juego político pero contumaz en la lucha por el progreso de la democracia. El Hermano Paz, que tal era su nombre simbólico, tuvo además el rasgo honestísimo de dejar su cargo de Gran Maestre cuando salió elegido Presidente del Gobierno. Su vida es ejemplar pero el final no lo es tanto. El joven parlamentario que se encaramó a la tribuna para detener a sus compañeros mientras huían ante la irrupción del general Pavía, fue también el anciano destruido que se arrepintió públicamente de su pertenencia a la Masonería en el mismo hemiciclo, cuando acosado por la prensa y los enemigos que le hacían responsable de la pérdida de Cuba y Filipinas, afirmó arrepentirse de haber participado en una asociación que disgustaba a la Iglesia entre los abucheos y burlas de sus señorías. Pero la rendición de un senil Sagasta ante el peso de la Historia y la injusta crueldad de sus contemporáneos, no empaña una vida dedicada a los nobles empeños de la masonería liberal.

Martínez Barrio, ya en el siglo XX, es un ejemplo de tolerancia y equilibrio. Su republicanismo es lo que hoy podríamos llamar compromiso democrático. Desde el partido republicano de Sagasta, combatió las lacras de la Restauración, el caciquismo y la libertad manipulada. Era un hombre de familia humilde, esencialmente bueno y algo ingenuo para ser político. Perteneció al oficio linotipista, que tan fecunda cantera masónica fue a principios de siglo. Abrazó la masonería con entusiasmo y quiso hacer de las logias correas de transmisión del fervor republicano, una tendencia que a la larga se volvería contra la Orden por la fama de conspiradora que le creó.

Barrio militaba en la Unión Republicana y siguió al inefable Lerroux, masón aunque rufianesco y poco recomendable, y así llegó a la República, ocupando diversos ministerios desde el principio. Gran Maestre Nacional del Gran Oriente Español, fue Presidente del Consejo de Ministros en el 33, pero a raíz del triunfo de las derechas se separó de Lerroux y fundó la Unión Republicana que tras la revolución de Asturias se coaligó con Izquierda Republicana de Azaña y otros partidos marxistas. la noche del 18 de julio fue él quien, junto a Azaña, se opuso a armar al pueblo y llamó por teléfono a las capitanías generales para detener el golpe. De los ocho capitanes generales consiguió que sólo uno se uniera a los rebeldes, pero no pudo impedir que Largo Caballero, el Lenin español triunfara con su tesis de entregar armas al pueblo, encendiendo la mecha del enfrentamiento civil. Modelo del fracaso de las buenas intenciones republicanas, Barrio murió en el exilio en París. En el año 2000 sus restos fueron repatriados y se celebró una solemne Tenida Fúnebre en su memoria en la ciudad de Sevilla.

Desde el campo de la ciencia y el compromiso social completan este palimpsesto dos figuras de primer orden, injustamente olvidadas: el psiquiatra y neurólogo Luis Simarro Lacabra y el investigador naturalista Odón de Buen y del Cos. El primero fue contemporáneo de Ramón y Cajal, ilustre masón que fue amigo suyo y en cierto modo su discípulo, y como él un librepensador republicano contrario a las maneras antidemocráticas de la Restauración. Siendo profesor de la Institución Libre de Enseñanza, sufrió persecución gubernamental y tuvo que exiliarse en Francia. Creó la primera cátedra de Psicología en la universidad española y era tan generoso que, siendo soltero, acogía en su casa a alumnos y protegidos como el biólogo Achúcarro o el poeta Juan Ramón Jiménez. Como masón fue muy activo y ocupó los más altos oficios, incluido el cargo de Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo del REAA. Fue defensor de Ferrer i Guardia y publicó un libro sobre él. Poco después fundó la Liga para la Defensa de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Está enterrado en el cementerio civil de Madrid, cerca de Salmerón.

Muy parecido fue Odón de Buen. De familia humilde aragonesa, destacó como oceanógrafo e investigador hasta ganar la cátedra de Zoología y Botánica. en Madrid. Librepensador, anticlerical, darwinista y pacifista, fue iniciado masón en la Logia Libertad de Madrid. Perteneció al partido de Salmerón y Costa y fue concejal en Barcelona y senador.

Brihuega nos presenta las biografías de estos dos hermanos francmasones como una muestra del optimismo científico de la mitad del siglo XIX, representantes de lo que Laín Entralgo llamó la Generación del 80, regeneracionista y seguidora de la ciencia experimental.

Cierra la serie un broche exquisito que ya conocíamos en la pluma de Nicolás. Se trata de Clara Campoamaor, la luchadora por los derechos civiles que fue vilipendiada por la propia izquierda al defender el voto femenino en el parlamento, cuestión a la que atribuyeron el triunfo de las derechas de la CEDA. Pero Campoamor, haciendo gala de un espíritu de tolerancia masónica, fue capaz de superar el ostracismo al que le sometió el cinismo del PSOE y la profunda decepción por la conducta del Partido Radical, su propia formación política. Mujer de arraigadas convicciones masónicas, fue también fiel a la Fraternidad cuando a la vuelta del exilio en la década de los 50 fue requerida por los servicios secretos para que denunciara a sus antiguos compañeros. Clara Campoamor, ejemplo de honradez, hizo sus maletas y regresó a Argentina con un intenso dolor como compañero final. Sea su memoria un recordatorio constante de conducta ejemplar.

Nicolás Brihuega ha labrado una piedra cúbica excelente, un sillar que encaja a la perfección en el Templo exterior que forma la Masonería española. Sobre las ruinas del pasado, los masones de hoy vamos reconstruyendo la estancia de la palabra y la libertad. Y seguimos mirando al pasado para aprender, porque aún queda mucho por construir.

Ignacio Merino
Madrid, septiembre 2010

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